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La primera rueda en el 359

El primero de octubre de 1984 marcó un antes y un después en la historia de la Bolsa. Aquella jornada de negociación inauguró el moderno recinto de operaciones del edificio de 25 de mayo 359. El arquitecto Mario Roberto Álvarez y su estudio se ocuparon de dotarlo de la última tecnología para la época, que puso al mercado de capitales argentino a la par de los más desarrollados del mundo.

El flamante recinto de operaciones.

Es 1ro. de octubre de 1984. Operadores y socios se preparan para comenzar una nueva jornada de negociaciones bursátiles. Pero esta vez hay algo distinto. Se trata de un momento bisagra de la historia de la Bolsa.

Estimado lector, haga un pequeño esfuerzo: transpórtese en el tiempo, abstráigase del 2021 y su universo tecnológico; de las reuniones por Zoom, del celular, del Whatsapp. Olvídese de que hoy tiene en “tiempo real” cualquier información que necesite y busque en Internet. Imagine que hace tan sólo tres días en el viejo recinto de operaciones se observaba a los pizarreros que escribían con tiza cada operación bursátil. Y hoy, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron las pizarras negras y en su lugar hay enormes módulos electromagnéticos luminiscentes. El espacio se encuentra rodeado de monitores de video, cabinas telefónicas y terminales de consulta.

El agente de bolsa ya no está del otro lado de la baranda en carne y hueso y al alcance para pegarle el grito con la orden de compra o de venta. En cambio, se encuentra al otro extremo de una línea telefónica. La información de las sociedades cotizantes ya no se exhibe sólo en las carteleras de los recintos sociales pegadas con una chinche. Ahora, los balances, la información sobre dividendos y suscripciones, estadísticas, y todo lo que un inversor necesita conocer se busca introduciendo códigos en terminales que conectan con un computador central. Una jungla de monitores muestra la marcha de la rueda, los precios cambiantes de los valores, que se actualizan a medida que se conciertan las operaciones y se cargan los datos. Claro, también está a disposición el personal capacitado para orientar a los usuarios en el uso del nuevo servicio.

El recinto en plena actividad.

Es lunes 1ro de octubre de 1984 y la rueda abre con el tañido de la vieja campana, como queriendo traer algo del pasado al nuevo entorno. De ahora en más, la reemplazará el gong electrónico. No parece haber tiempo para la nostalgia; un fin de semana febril de conexión e instalación de los nuevos equipos antecede una ceremonia sencilla. Y con ella, se inaugura una nueva etapa de la historia bursátil: el Sistema de Información Bursátil (SIB). Una revolución de los métodos de anotación y de acceso a los negocios ejecutados que busca poner a la Bolsa de Comercio de Buenos Aires en pie de igualdad con las exigencias de la época y con las bolsas de mundo más tecnificadas.

Pizarras y monitores registraban el movimiento bursátil.

El nuevo sistema está compuesto por pizarras electromagnéticas, por monitores de video y por una red de terminales de consultas internas y externas del edificio que permiten contactar al agente. El nuevo recinto de operaciones está equipado con butacas que disponen de una consola de comunicaciones. A través de dicho sistema, los operadores reciben las órdenes de compra o venta y corren a las diferentes plazas, donde los agentes negocian a viva voz. A medida que se cierra cada transacción, se confeccionan las minutas y se disponen en urnas. Allí, empleados de la Bolsa ingresan los datos desde las terminales que conectan con el computador central. La información se almacena en una base de datos, alojada en grandes discos magnéticos, que es consultada de forma permanente por el procesador que actualiza los valores de las pizarras y monitores. Esta automatización permite el acceso a la evolución de la rueda unos pocos segundos después de que las operaciones ingresan al sistema.

Terminales desde las que se registraba la información en tiempo real.

Las alas en el yelmo de Mercurio, dios del comercio y clásico emblema de esta Bolsa, parecen agitarse como nunca. La virtud de la diligencia y la rapidez con que el dios se movía de un lugar a otro ahora lo hace en “tiempo real”. ¿Habrá imaginado Mercurio que esto fuera posible? ¿Su velocidad habrá previsto semejante inmediatez? No se sabe, pero es seguro que aquél día celebró junto con todos los que presenciaron esa maravilla.